Un análisis es una experiencia de palabra, allí, en las sesiones, con la asociación libre como regla fundamental, se hacen pasar al decir encuentros y desencuentros de la vida, convirtiéndolos en hechos, y se exploran sus efectos sobre el cuerpo, sobre el pensamiento y en los afectos. Se vuelve mil veces sobre las mismas cosas, en una repetición imposible de esquivar que –y ésta es la buena noticia– no es inútil, ya que cada nueva vuelta puede permitir depurar algo sobre el modo de goce singular que cada cual se agenció –sin la menor conciencia– para hacer frente al «no hay relación sexual». Parafraseando a Lacan1 se podría decir que con unas cuantas contingencias cada cual trenza su destino, y el análisis consiste, precisamente, en plantarle cara al trenzado para hacer emerger el sin sentido que lo preside.

El pase es otra experiencia de palabra distinta que algunos pueden elegir abordar cuando dan por terminado su análisis. Es una oferta que Lacan inventó como modo de reclutamiento inédito a disposición de los aspirantes a miembro de su Escuela. Reclutarse por el inconsciente es coherente con el hecho de que un analista es resultado de su análisis. Se trata entonces para el pasante de la «puesta a prueba de la hystorización –con y griega– del análisis2, esto es, el relato de lo acaecido en la experiencia analítica, de lo que allí se elaboró y se franqueó –que Lacan llamó «verdad mentirosa«3– a partir del encuentro fecundo del parloteo analizante con el acto analítico. La construcción de ese relato, que Lacan bautizó “testimonio4 es el producto de una importante tarea de reducción y logificación que ya está en marcha en los encuentros que tendrá con los pasadores pero que debería culminar, en caso de nominación, cuando el AE se dirige a la Escuela.

Debes acceder para ver el resto del contenido. Por favor . ¿Aún no eres miembro? Únete a nosotros