Comienzo agradeciendo a Manuel su invitación para comentar su libro, se lo agradezco por el afecto y aprecio que siento por su trabajo y por su persona, pero, también, porque me permite confrontarme con mi no saber qué decir, qué escribir, aspecto sobre el que volveré más adelante.
La colección de trabajos que componen el libro que presentamos, muestra el recorrido vital de un analista: su pasaje continuo de la clínica con el otro, a la soledad con la clínica; del aprendizaje de la lectura del inconsciente de los otros, a la del propio síntoma. La primera conclusión que extraigo de releer las conferencias y artículos que configuran ¿Soy lo que digo que soy?, es que Manuel Fernández Blanco se interesa por los seres que hablan, por sus vidas, por la vida.
Con su escucha, el analista atraviesa, acompaña y orienta los embrollos, discordias, goces, angustias y soledades de innumerables sujetos, de los unos todos solos que pueblan su clínica y el mundo, mundo que para el psicoanálisis es del orden del fantasma. Cada semana Manuel se sienta con sus analizantes para tratar de cortar, empalmar, tejer y retejer el tejido de sus inconscientes, escucha y puntúa, presta su cuerpo, paga con sus palabras y, todavía, se lleva parte de esa polifonía de voces a su casa, a su hacer solitario con los libros y la escritura, para concebir lo que en psicoanálisis llamamos una enseñanza.
La enseñanza de Manuel, la enseñanza de los psicoanalistas, es el fruto de la experiencia clínica, pero también de la soledad del analista, de la subjetividad que en esa soledad pone en juego. Respecto a su temática, podríamos decir que la enseñanza de este libro es una interpretación del malestar en la cultura, citando a Freud, de la subjetividad de la época, en palabras de Lacan. Cito a Manuel:
“Los psicoanalistas sabemos que la civilización, como el sujeto, padece de malestares, de insatisfacciones y de obstáculos en su camino. La civilización enferma de sus verdades reprimidas y de su empuje pulsional. Por eso la civilización, como el sujeto, es interpretable”.
Y es que este conjunto de trabajos aporta una mirada singular sobre el malestar o la subjetividad de la época, un intento de comprenderlo y explicarlo y de transmitir a los lectores lo comprendido, lo que les permite -nos permite- sentirnos un poco menos solos y confusos frente al sufrimiento, percibir nuestro malestar como un poco más abordable.
Me acercaré como ejemplo al trabajo “Identidad femenina, amor, violencia y feminicidio”, en el que Manuel nos regala muchas pistas para comprender la discordia entre los sexos que Lacan abordó desde su célebre aforismo “no hay relación sexual”. Manuel se acerca, y nos acerca, al malestar en la pareja desde el psicoanálisis, dos lógicas que Lacan nombró como femenina y masculina y que están presentes en los sujetos independientemente de su cuerpo biológico, imaginario, o identidad de género, simbólica.
Refiere la lógica masculina a sujetos que se sitúan más del lado del tener, del deber, del poder, dispuestos a sacrificar su singularidad, tendentes a la uniformidad, para quienes amor y goce sexual no coinciden, dependiendo su elección de partenaire de lo que nombra como “una lógica fetichista” o “goce del objeto aislado en el cuerpo del otro”. Por su parte, localiza la lógica femenina del lado de los sujetos que sostienen la singularidad -“es la mejor garantía contra la uniformidad” nos dice-, que se sitúan más del lado de lo impredecible, para quienes amor y deseo van juntos, lo que hace posible nombrar la posición femenina como la de prestarse al deseo del otro, aceptar ocupar para el otro el lugar de objeto, algo posible en tanto quien se sitúa en esa lógica espera recibir “el signo de amor”, las palabras de amor, porque, como nos dice Manuel, lo que aquí está en juego más que a un fetiche nos remite a un “fetichismo del amor”.
A partir de esas lógicas, ¿no es más fácil comenzar a comprender la discordia entre los sexos? Por ejemplo: cómo el sujeto de la lógica masculina, interesado en sus objetos y fetiches, no ofrece las palabras de amor a la mujer que, en su espera, no cesa de insistir y dar, dar incluso lo que no tiene; o cómo la mujer que desea ser tomada como única, ser reconocida en su singularidad, se confronta al muro de la uniformidad, al hombre que sólo le confiere la singularidad del número que suma a su contabilidad del mismo fetiche. ¡El malentendido está asegurado!
Por otro lado, en el texto que estoy siguiendo, Manuel nos acerca a algunos de los cambios más visibles en nuestra sociedad, por ejemplo: a algunas derivas del movimiento feminista, como la adopción de una metonimia amorosa o sexual o ciertas reivindicaciones que, más que apuntar a la igualdad de derechos, parecen reforzar la lógica masculina, caer en la reivindicación de lo masculino, del “todos hombres”.
O, todavía, como la sociedad actual nos confronta con “nuevas maternidades”, cito: “la mujer autónoma, sometida al imperativo de no enamorarse, [que] busca compensar con la maternidad, cada vez más bajo el modo de adopción en solitario, las dificultades con el amor”. Y es que Manuel nos acerca a una “versión actual de la maternidad produce con frecuencia madres angustiadas”, madres que cada vez más se muestran como madres-pedagogas, pero también como “mujeres-madres” con sus parejas, pues “cada vez más los hombres establecen relaciones marcadas por la dependencia infantil”.
Además, Manuel no retrocede ante las consecuencias más graves de la “no relación sexual”: la violencia contra la mujer y el feminicidio. Al contrario, las interroga e interpreta a partir de las lógicas introducidas: nos acerca al odio, el odio del sujeto de la uniformidad, el deber y la norma hacia quien escapa a esa lógica, del prisionero de una sexualidad contable y fetichista hacia quien accede a un goce de otro orden, fuera de todo sentido o medida. El odio que lleva a la destrucción del objeto, del fetiche cuyo goce no puede controlar, y del que Manuel nos muestra su vertiente de odio de sí, pues los psicoanalistas sabemos bien que todo odio a lo femenino es odio a lo femenino rechazado en uno mismo. En fin, Manuel no retrocede ante el fenómeno de las mujeres que, una y otra vez, se saltan las órdenes de alejamiento exponiéndose a sus maltratadores, para, lejos de caer en la fácil explicación del masoquismo, remitirnos de nuevo a la lógica femenina: a la búsqueda del amor, a la insistencia por obtener el signo de amor, aún.
Quien se interese por estos temas, podrá continuar su lectura del libro con trabajos como “¿Qué se quiere en quien se ama?”; aunque sin olvidar que, como también subraya Manuel, estas lógicas femenina y masculina corresponden a una partición tradicional -aunque todavía muy viva en la clínica, también entre los jóvenes-. Y es que el actual “borramiento de estas diferencias”, la “pluralización de los goces”, es otra deriva de la civilización que Manuel aborda con detalle en trabajos como “Diversidad, diferencia y singularidad sexual” o “La promoción del sujeto sin punto de referencia”.
Tras este paseo por las enseñanzas de la clínica, retorno un momento al clínico, al autor, para subrayar que los textos compilados en el libro muestran también un recorrido personal, un cierto funcionamiento. Las referencias a las fechas, lugares de publicación o exposición, nos descubren a un analista que se desplaza para exponer su trabajo en diversos espacios y foros, frente a sus colegas o a lectores o auditorios más generales. Y aquí, a riesgo de deslizarme un poco hacia el trabajo de escuela, quiero acercarme a lo que supone escribir y exponer la propia producción, haceres que parecen formar parte del funcionamiento de Manuel y que -es mi hipótesis- responden bien a dos recomendaciones de Lacan para los psicoanalistas: no desentenderse de lo real y adoptar la posición femenina.
El analista que escribe no retrocede frente a lo real, Manuel lo muestra, pues, frente a los impases de la clínica e imposibles de la época, frente a las nuevas formas de goce, líquidas, excesivas, ilimitadas, rebeldes al sentido, avanza, siguiendo esa ética propuesta por Lacan de tratar de cernir lo real con las palabras, de avanzar en el intento de decir. Por otro lado, avanzando con las palabras frente a lo que no sabe, da lugar a escritos que responden a su saber clínico y teórico, pero también a lo que ignoraba que sabía, a su alteridad, pues, como dijo Marguerite Duras, escribir es extraer lo desconocido de uno mismo. Y ahí, en ese poner en juego lo desconocido de sí, localizo la posición femenina, pues Lacan también nos dijo que es aquella que permite volverse otro para sí mismo.
Finalizo mi intervención acercándome al título del libro. ¿Soy lo que digo que soy? Manuel nos ofrece una respuesta en su primer trabajo: “El fin de la neurosis”. Este breve texto, el más confesional, nos regala la solución de Manuel, su propia salida del malestar, del impase de ser o no lo que se dice. Cito: “fue posible para mí pasar del deber ser a consentir a ser: soy lo que hago”. Y es que, siguiendo la orientación de Jacques Lacan y Jacques-Alain Miller, podríamos resumir el recorrido de un análisis como el pasaje de creer ser lo que decimos, a poder ser lo que hacemos.
Rosa Vázquez Santos