Del Nombre del Padre a los nombres del padre: la solución canónica estalla y lo que viene en su lugar es la solución del uno por uno. A fin de cuentas se trata de que solución haya, independientemente de que pase o no por el padre, y el caso Juanito está ahí para demostrar que, aunque de modo precario, usando al caballo corno sustituto, como ersatz del NP, Hans se salva de caer en lo peor, hasta que se revele que la función del Nombre del Padre es verdaderamente encarnada por la abuela 1.
Ahora bien, ¿es correcto decir que el caballo es el sustituto del Nombre del Padre? Si, si se toma a éste como referencia única, como «la» solución canónica, como el nombre único de la consistencia, pero cuando Lacan dice en su Seminario R.S.I.: «Y bien, los nombres del padre, es eso: lo Simbólico, lo Imaginario y lo Real en tanto que en mi sentido, con el peso que he dado ahora a la palabra sentido, es eso los nombres del padre: los nombres primeros en tanto que nombran algo» 2. Con la pluralización de los nombres del padre, la que hemos llamado solución canónica es, en verdad, una más, o sea: que el padre no es más que uno de los nombres del padre 3.
La pluralización supone hacer del padre una función, tal que podarnos escribir: NP (x), donde (x) es un significante, un enunciado, algo que cumpla con la función de metaforización del goce 4. Así de sencillo. El sujeto es separado del valor de goce que la madre le ha podido otorgar por la ley que el padre introduce —justo en Schreber lo que falla es eso: la separación del Deseo Materno. Pero para pluralizar los nombres del padre, es necesario antes tachar al Otro: S(A tachado). Fue el problema de Lacan: al inicio pensó al Otro como completo y consistente, y su posterior ense. fianza fue un trabajar conga ese paradigma del Otro. Pues bien, cuando esto ocurre, cuando el Otro ya no es ni completo ni consistente, algo puede venir a ese lugar de la falta, por lo que si el Nombre del Padre es un significante, ¿por qué no considerarlo el nombre-amo, y de esta manera se comprenderá cómo en la enseñanza de Lacan es el antecedente del significante-amo?
Al tachar al Otro, se ve bien lo que es un Nombre del Padre: eso que viene al lugar del significante faltante en el Otro, o sea, al lugar de la falta en el Otro. Y justamente por eso es un semblante: por venir al lugar de un vacío en tanto real, o sea, allí donde en lo real falta el saber 5. Es por esto que hay una impostura estructural en la función paterna. ¿Hemos de decir que esa función es la de tapón, de aseguramiento, de garantía, de puntal de un edificio que sin eso amenazaría con venirse abajo? Y la pregunta es: si el Nombre del Padre se postula garantizando al Otro, ¿quién garantiza al Nombre del Padre? Sucede con esto corno lo que se cuenta en una leyenda hindú: el mundo está sostenido a lomos de un elefante, el cual, a su vez, se sostiene sobre una tortuga: se considera de mal gusto preguntar sobre qué se sostiene la tortuga.
Ese nombre-amo no es por tanto el significante que hace la Ley, edípica, otro significante. No, ahora, cuando le llamamos significante amo, está fuera de todo «circuito».Y por eso, cortado del sistema, vuelve al sujeto más «creyente», porque el S1, cortado del sentido, es la verdadera fuente que hace girar toda la estructura a su alrededor, mientras él, el Si, holgazanea. Por eso, Lacan decía que lo peor que había para poder sostener la idea del Dios-padre, era la teología, porque los teólogos volvían a Dios absolutamente racional, o sea, formando parte del sistema —lo cual no asegura su existencia, ya que el concepto no conlleva la existencia del particular.
Sí, el significante-padre debe holgazanear, para ser el Uno de la excepción, porque cuando se pone a trabajar, ya es uno más, y comienza su declinación. Así lo dice J.-A. Miller: «Lo que constituye un problema es que en la familia moderna el padre trabaja y el padre que trabaja no es un padre adecuado a las necesidades estructurales del significante amo» 6 —sirva esto como un apunte sobre la declinación del padre.
Realmente, el verdadero significante amo es, pues, el significante solo, y es esto lo que nos servirá para abordar el fracaso de la metáfora paterna cuando se hace recaer su funcionamiento sobre un significante. Este fracaso es estructural, por tanto igual para la neurosis que para la psicosis. Ahora bien, lo que diferencia a una de la otra es que en la psicosis, cuando algo confronta al sujeto con lo que llamamos Un-Padre, el sujeto llama al significante del Nombre del Padre, pero su llamada cae en el vacío, pues nada ahí viene a socorrer. Dicho de otra manera, llama al significante que venga a hacer la ley, a metaforizar eso con lo que se ha encontrado, y ese significante no socorre. Esto es lo que hay que entender por fracaso de la metáfora paterna en la psicosis: que el Uno no es metaforizado por el dos, y de ahí el esfuerzo de localización y civilización que supone todo delirio. Cuando ese esfuerzo consigue producir un significante que haga las veces del significante paterno entonces hablamos de metáfora delirante. ¿Y antes de ese encuentro? Antes, el psicótico ha ido «tirando» con una solución, solución que será siempre una compensación a la forclusión paterna y que escribirnos, siguiendo a J.-A. Miller 7, así:
La forclusión paterna supone la tachadura del Nombre del Padre pero una solución compensatoria ha mantenido al sujeto no desencadenado: C(NP). El psicótico es aquél que no creyó en la impostura paterna —otra forma de declinación del padre, pero ésta no es referida a ningún momento concreto sino transhistórica , ese semblante que permite al parlêtre atar el significante al significado estabilizando el sentido, y con ello el mundo.
En la neurosis es otra cosa: simplemente se trata de que hay un resto que escapa, a pesar del socorro prestado por la metáfora paterna. El discurso del inconsciente es ya la explicitación de que el campo del sentido, el campo del Nombre del Padre, se encuentra con una imposibilidad: hay un resto que escapa, resto que, en tanto escapa, causa, o sea, que la causa escapa al padre, tacha al padre, mejor dicho a la metáfora paterna, ya que el padre no nombra la causa. La causa no tiene padre.
Tacha al padre, cierto, pero no al Otro, porque ahora, es la causa, el (a) el que va a tomar el relevo del Nombre del Padre: si antes era el padre el que garantizaba al Otro, ahora es la causa lo que le vuelve consistente, y por ello, justo por eso, Lacan puede definir el (a) como una consistencia lógica. O sea, que no es el Nombre del Padre, en tanto significante, el que garantiza al Otro, lo que lo vuelve consistente, sino lo que se coloca en el lugar de la falta. La diferencia estriba en que eso ya no es del registro significante, sino del registro del goce.
De este goce se hace cargo, en el sujeto, el síntoma, que en su querer gozar, declina al Nombre del Padre desde la imposibilidad, desde su sinsentido. Este es el sinsentido que el sujeto encarna, y al que intenta dar sentido, de modo siempre fallido en la repetición. Identificarse al síntoma es ya un pasar del padre, sirviéndose de él, porque sólo llegaremos al savoir-y-faire del síntoma, agotando el campo del sentido que habilita el Nombre del Padre.
La angustia —argumento mayor de la declinación en tanto imposibilidad del Nombre del Padre para simbolizar lo real— viene, en la neurosis, de suponer un goce en el Otro; en la psicosis, de la certeza sobre ese goce. En esos momentos, el neurótico intenta infructuosamente producir una significación que domestique esa angustia, mientras que el psicótico puede producir un plus de actuación: cortes en el propio cuerpo, golpes, pasajes al acto. Es decir, hay un recurso a lo real y lo imaginario por fracaso de lo simbólico.
El trabajo con el psicótico se hará sin el Nombre del Padre, pero recayendo sobre lo que de la forclusión del Nombre del Padre retorna en lo real como certeza de que hay Uno que debe, aunque la significación de eso queda enigmática: s0(U) 8 —nada se comprende y, por eso mismo, «eso» goza. Para eso sirve el Nombre del Padre, para no toparse con Un-Padre.
Y si hablamos de la psicosis es porque si, por una parte, es el ejemplo princeps de la declinación paterna, por otra parte, y esto es lo que más nos importa, puede ser el paradigma de lo que sería el trabajo de su suplencia: eso es una función que, como hemos dicho, viniendo al lugar de lo que no hubo, cumple el mismo papel. Si aceptamos eso, no hay problema en pluralizar las soluciones siempre y cuando el resultado sea homólogo al logrado por el Nombre del Padre: el de conseguir civilizar el goce, arrojando un saldo que sea vivible para el sujeto.
Lo que se despeja al final de la cura de un neurótico: el S1, un significante en lo real, se asemeja al punto de partida del desencadenamiento psicótico. Es la certeza del ser, esa certeza que se adquiere después de haber consumido al padre en la neurosis —y que es lo que está de entrada en la psicosis. En la neurosis, había una distancia respecto a ese significante, por lo que la falta en ser es la tarjeta de visita del neurótico, mientras que en la psicosis no hay mediación entre el sujeto y la certeza de su ser —el fantasma no funciona como intermediación, sólo corno invitación al consentimiento, como muestra Schreber.
Para el neurótico se trata de lograr una nueva forma de separarse del Otro, mientras que para el psicótico se trata, por el contrario, de encontrar alguna forma de, sino de «alianza», sí de entente con el Otro —lo que supone con frecuencia su silencio, el silencio del Otro, ya sea acallando su voz o anulando su mirada.
Cabe una diferencia más: mientras en el savoir-y-faire del final del análisis con un neurótico, lo imaginario ha quedado reducido a su mínima expresión y el lazo entre lo real y lo simbólico está más logrado; en la psicosis, lo imaginario no está ausente; es más, hay casos en que esa estabilización se escora o apoya muy fundamentalmente en lo imaginario, demostrando en acto la equivalencia de los tres registros y que lo que fracasa en uno puede ser suplido por otro.
El Nombre del Padre como borde se decanta al final del análisis: la arquitectura significante, sostenida en el padre, viene al final a sostenerse en un agujero, pues a fin de cuentas el Nombre del Padre, si Lacan lo situaba al inicio de su enseñanza como el significante que garantizaba al Otro, al final de su enseñanza lo conectaba a la función de borde, de un agujero. Pero, ¿qué borde? El que marca el litoral entre el sujeto y el Otro. «A orillas del lugar del Otro», dice J.-A. Miller para señalar que, como nombre propio, «no es una articulación sintáctica» 9. Pues bien, el nombre propio de todo sujeto, es su nombre de goce, y el nombre de goce no es ningún Nombre del Padre, no es ninguna metáfora. ¿Se ve así claro, no ya la declinación estructural que venimos señalando del Nombre del Padre, sino la declinación que hay que buscar, que hay que producir en la cura,
? ¿Y cuál es el problema? Que ese agujero del Otro tiene dos velos: el sujeto supuesto saber (SsS), formación de vena, y el Nombre del Padre, formación de artificio, que vela a su vez al anterior, doble velo que admite esta escritura 10:
Hay un agujero,
, velado por un saber, SsS —cuestión de inconsciente, y entonces, ¿el Nombre del Padre? Simplemente, la atribución de ese saber a la persona del analista. He aquí la trampa que el Nombre del Padre supone y un aviso para el navegante-analista: como el analista se crea el SsS, acaba encarnando el Nombre del Padre y eso impide que la beance del inconsciente siga abierta.Y es necesario que esa beauce siga abierta porque la orfandad del saber inconsciente no pide un Nombre del Padre, que sabría, sino que un sujeto advenga ahí, porque el padre no nombra la identidad subjetiva.
Con esto se ve el drama para el psicótico: que él tiene la certeza de que eso le nombra; mientras que, para el neurótico, eso está velado. Por eso la solución para el psicótico pasa por encontrar algo que le dé una señal, que le avise de por dónde no debe circular para precaverse frente a la consecuencia de la forclusión: un agujero. Mejor una señal que le advierta de su funesta presencia.
Nos resta por añadir algo. El pasar y el servirse están relacionados con aquello a lo que el sujeto se ha alienado. Se nos objetará que la alienación es al Otro y no al padre. De acuerdo, pero, ¿a qué está alienado el sujeto? Con «La lógica del fantasma» en la mano, y siguiendo las indicaciones de J.-A. Miller, la alienación «profunda» es al S1 uno, significante-amo, significante-trauma, significante-padre del sujeto.
Este significante-padre no admite pasar de él porque este significante no es semblante, sino real. No es semblante porque no es sentido sino sinsentido, y mientras ese significante no sea extraído, el sujeto podrá pasar cínicamente del padre, como de cualquier otro semblante, pero eso no es más que una apuesta por el goce más autístico. J.-A. Miller lo dice repetidamente, por ejemplo cuando afirma que no se habrá terminado un análisis en tanto no se acabe con este Uno, pues: «El culto del Uno es, por excelencia, lo que sirve de defensa contra lo real» 10.Y es que el Uno no nos saca del reino del padre, sólo las pulsiones porque, de hecho, no obedecen a su lógica.
Este significante-padre no es el padre de lo simbólico, sino la nominación de goce, el nombre de goce particular.Y creo que si referimos la conocida frase de «Pasar del padre, servirse de él» a este significante, entonces no hay cinismo que valga, porque por mucho que el sujeto se burle de los semblantes, no queda sino recluido en el tonel de su propio goce —Diógenes se ríe del Otro pero no llega a salir de su barril.
En el punto en el que estarnos sin el Nombre del Padre es la angustia —como dijimos antes—, angustia de estructura, por la imposibilidad de que el Nombre del Padre civilice lo real. La angustia, es el fracaso del Nombre del Padre, pero aún queda redoblar el órdago a esta impostura, impostura necesaria, cierto es, pero, igualmente, insuficiente. Y bien, ¿cómo responder a esta imposibilidad del Nombre del Padre? Lo sabemos: por el acto, pues actuar es arrancar a esa angustia su certeza. El acto es, en ese sentido, lo que pasa del padre sirviéndose de él, y eso explica que no haya teoría del acto en Freud, ya que Freud no pudo servirse del padre porque no pudo pasar de él. El acto es una bella y lograda declinación del padre —la mejor— porque en el acto y después de él, el sujeto se sabe sin la garantía de ningún padre sino la del propio acto. Porque si el padre nos deja, como hemos dicho, sin saber nuestra identidad, el acto nos libra el color del disco que portamos. Por el acto algo de lo real se toca 12, ese real que escapa al padre.
- J.-A. Miller, Curso del 02/03/1994, «Donc», inédito.
- J.Lacan, Seminario XXII: R.S.I. (inédito), lección del 11 de marzo de 1975.
- J.-A. Miller, Curso del 02/03/1994, «Donc».
- J.-A. Miller, De la naturaleza de los semblantes (clase del 27/11/1991: «Los nombres del padre»). Buenos Aires, Ed. Paidós, 2002, pp. 29-31.
- J.-A. Miller, La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica (clase del 25/11/1998: «Lo real y el semblante»). Buenos Aires, Ed. Paidós, 2003, págs. 30-32.
- J.-A. Miller, Curso del 23/03/1988, «Cause et consentement», inédito.
- J.-A. Miller, De la naturaleza de los semblantes (clase del 18/12/1991: «Dialéctica del todos y del Uno»), págs. 75-77.
- J.-A. Miller, De la naturaleza de los semblantes (clase del 04/12/1991: «El seminario inexistente»), págs. 49-53.
- J.-A. Miller, De la naturaleza de los semblantes (clase del 27/11/1991: «Los nombres del padre»), pág. 36.
- J.-A, Miller, De la naturaleza de los semblantes (clase del 04/12/1991:»El seminario inexistente»), pp. 44-49.
- J.-A. Miller, Curso del 13/11/2002, «Un effort de poésie», inédito.
- J.-A. Miller, De la naturaleza de los semblantes (clase del 04/12/1991: «El seminario inexistente»), pág. 45.

